Dentro do emerxente xénero panexírico, veleiquí o top.

(como o xornal onde vén non o inclúe na edición dixital, aló vai o texto:

SOUL DE AGOSTO

Los dos goles de Quin

(Primeros de agosto de 1989. Yo estaba en Pereiro persiguiendo a Hemingway, que un día montó un follón en Nueva York para vivir la experiencia al otro lado, al límite).
Once de la mañana, cuando los presos dan sus paranoicos paseos por el breve patio meditando cómo nos mueve el destino. Suena el cerrojo, se abre la metálica puerta y allí está él, rodeado de algunos de los suyos. Amigo, para nada me recordó el certero verso castellano “Al destierro con doce de los suyos/ polvo, sudor y hierro/ el Cid… ”. No, ¡qué va!
Sin más, con serenidad, avanzó hacia el patio: pétreo, leve sonrisa, el paso de los que creen en sí mismos; como ha de ser, listo para vivir abierto su experiencia carcelaria.
Estaba yo al cargo de una emisora de radio que habíamos creado y de una pequeña biblioteca. En nombre de todos le di la bienvenida; por los periódicos sabíamos que había tenido un follón con el alcalde de turno que dormitaba en aquel Allariz polvoriento y olvidado.

Recuerdo bien el instante. Le clavé los ojos y te juro, amigo, que ya traía en las pupilas el dibujo del Allariz soñado que más tarde construiría.
En el 89, Pereiro tenía cierto “soul”. 300 chicos del lado salvaje, un par de ancianos que con una azada golpearan a un vecino por cuestiones de lindes, y tres o cuatro violadores que, de vez en cuando, recibían secretas palizas en los baños. Bermúdez, el alcalde, un tipo enrollado, bajaba cada día a hablar y fajarse con los chicos más duros del módulo dos.
Pero te estaba hablando de Anxo Quintana. Enseguida, solidario, invitó en el bar a café a la extensa camada de los sin dinero. Caminamos. Pronto reflexionó con lucidez: “Carajo, aquí sólo veo hijos del agobio y de la marginación. ¿Dónde están los capos, los banqueros corrompidos, los que manejan la pasta detrás de las mesas de caoba?…”. Entonces pasó un grupo de chicas del módulo de mujeres. Venían de hacer alguna labor. Una lo miró lentamente de arriba abajo y le espetó: “Tío, soy Marisa, ¿tú como te llamas? Envíame recado para pedir un vis a vis”.
Un poco alejada ya, aún le gritó: “Un beso para ti donde más te mole”
Otro día jugó un partido entre internos y y goleó un par de veces al portero, un tipo del que nada sabíamos, sólo que tenía para 20 años y un día. El entrenador dijo: “Ya tenemos delantero centro. El alcalde me dijo que iremos a jugar por ahí, vigilados, claro, por la Guardia Civil”.
Pasaron los días. Quin, siempre generoso, los ojos muy atentos a todo lo que ocurría. Seguro que lleva en su mente el maullido de tos gatos en su festín de ratas al anochecer y los rostros pálidos de los reclusos, la uña del pie de esta sociedad
Días después su nombre sonó por el altavoz y él, al viejo estilo penitenciario, regaló su chándal y algunas pertenencias a un desvalido. En la puerta entregó los restos del dinero a aquel portero al que quedaban 20 años y un día.
(Hoy, en alguna prisión del país, el portero verá asombrado por televisión que Quintana es vicepresidente de la Xunta y dirá altivo a su compañero de celda: “Tronco, míralo, le conocí; me metió dos goles de bandera, me regaló cien duros al irse; es un tío legal…”)

Jaime Noguerol

(La Región, 4 agosto 2005)

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