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El hombre de la medalla de oroFrancisco Álvarez-Cascos Fernández, ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, según se identificó ante el tribunal, ya no es ministro de Fomento, ni secretario general del Partido Popular – ni siquiera militante- y su rol político se reduce al de portavoz de un grupo en el parlamento regional asturiano. Aunque, como dicen las señoras, el que tuvo retuvo. Insiste en su habitual dress code, elegante e informal, de cazador urbano, pero llegó solo, sin el corro de gente trajeada revoloteando a su alrededor de sus anteriores visitas a Galicia, y nadie le abrió la puerta del coche, un taxi, en el que se alejó del Palacio de Congresos habilitado como recinto judicial.

Al sentarse, Cascos ya no era aquel macho alfa de la política embutido en un traje cortado a medida, sino que aparentaba ser más bien un recién jubilado, con un jersey de pico bajo la chaqueta, que se llevaba la mano a la oreja para escuchar mejor las primeras preguntas y que las respondía con voz trémula, pellizcándose nervioso la mano. La potente mandíbula con la que parecía desafiar a los rivales e incluso a algún compañero, se ha redondeado y en ocasiones le da casi un aire bonachón.  El ministro que llevó dentro se evidenciaba cuando le dejaban enhebrar un discurso político, pero el que dejó de serlo se desconcertaba cuando se enfrentaba a interrogatorios concretos.

No recordó en qué momento le dijeron que se había decidido alejar el barco, ni quién se lo dijo, ni quién la había tomado. Nunca dio instrucción concreta alguna y, por supuesto, él nunca pronunció la famosa frase “que lo lleven al quinto pino”. Tampoco logró hacer memoria de a qué expertos se les consultó para tomar esa medida, y ni siquiera se acordó de haber hablado con el entonces delegado del Gobierno Arsenio Fernández de Mesa, o con el alcalde de A Coruña, Francisco Vázquez. Ni falta que le hacía, porque el ex ministro mostró una confianza absoluta en el funcionamiento de los cauces institucionales y en la capacidad de resolución de los organismos pertinentes. Todo se había hecho según los reglamentos. Y cuando los abogados apuntaban desajustes en ese funcionamiento o cuestionaban esa capacidad, Álvarez-Cascos sacaba de su chistera de antiguo hombre de estado su último argumento: la defensa de los intereses generales de España, el interés público, frentes a los intereses mercantiles de una empresa privada que solo piensa en su beneficio.

Si en el banquillo de los acusados, además de los que mandaban en el Prestige, está un representante de la Administración española, el exdirector de Marina Mercante José Luis López Sors, fue porque un auto de la Audiencia de A Coruña, de forma un tanto inesperada, admitió un recurso de Nunca Máis. En el mismo auto se criticaba que la instrucción del sumario admitiese sin más la asunción de López Sors como único responsable de la decisión de alejar el barco, en una estructura de mando escalonado como un ministerio, y que no buscase responsabilidades más arriba. La petición de que Cascos declarase la realizó un pequeño grupo ecologista, Arco Iris.

El antiguo responsable de la Marina presenciaba ayer absorto la declaración de su antiguo jefe a poco más de un metro atrás, a su derecha, como quien está en su sala de estar (chaqueta verde oscuro, corbata azul clara, calcetines color vino). Viendo al Cascos actual y no digamos al antiguo, se hace difícil imaginar que ese hombre callado, que se limitaba a flanquear al delegado del Gobierno en las ruedas de prensa, ataviado con una chaqueta pata de gallo en tono bilis, para soplarle al oído algún término o que intervenía únicamente para aclarar algún matiz, fuese quien determinó –el entonces ministro no sabe ni cuándo ni asesorado por quien- que se alejara el barco. El único capote que Cascos le echó a su sufrido subordinado fue cuando se revolvió ante Pedro Trepat, el letrado de Nunca Máis, que le preguntó si se consideraba merecedor de la Medalla de Oro de Galicia [que le fue concedida por el gobierno de Fraga por su gestión en la catástrofe]. “Lo que no me imagino es al director general de los bomberos de Londres,…de Nueva York, sentado en un tribunal por no haber evitado que se derrumbaran las Torres Gemelas”.

El País, 23 de xaneiro de 2013

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