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Karina Falagan. La sirena varada  La Voz de Galicia, 18 de abril de 1993

Xosé M. Pereiro/ Santiago Romero

 

La lista de sus amantes es asombrosa: desde un petrolero tejano hasta un almirante marroquí, pasando por el autor de Juan Salvador Gaviota. Karina Falagan pudo haber sido Mata-Hari, pero prefirió anidar en Galicia, donde compartió también días de vinos y rosas con las fuerzas más vivas. Hoy, retirada en la costa del mar de Vigo —cuyas ondas eran ya sinónimo de sensualidad para Martín Codax—sortea algún que otro prejuicio con la fortaleza que le hizo ser uno de los más desinteresados apoyos de Manuel Fraga durante su travesía del desierto. Aunque eso le haya costado disgustos.

 

Aquí tengo a mis hombres, a los que pretendo llevar al huerto. Karina Falagan señala las fotos de Manuel Fraga, Julio Iglesias y Severo Ochoa con un floreo de mano, mientras con la otra de­posita en la mesa una cafetera Cona —asentada marca británica que ella promociona a este lado del océano— igual que la que porta en la fotogra­fía con Julio —o la que le regaló a Fidel Castro—.

—Pues con don Severo, va a tener que darse prisa…

—Ay, fillo, si todavía tiene una marcha

Así es ella. Tan firme en sus afectos como en sus empeños, fiel y generosa con los que lo son con ella, y exuberante en la presencia y en la elocuencia. Como esas matronas italianas profesio­nales que encarnaban en el cine Ana Magnani o Sofía Loren, pese a que, como la adjetivó un periodista vigués, Karina es una galegona.

La precoz tozudez empresarial, junto con la querencia por lo enxebre que demuestra presen­tarse con dos empanadas en la romería del PP en el Monte do Faro evidencian un origen maragato como el de los que, un siglo atrás, cons­tituyeron la flor y nata comercial en Galicia. Nació en una familia (Los Falagán, aunque ella adoptó una fonética anglosajona en su apellido) que po­seía buena parte de las tierras de Castrotierra, una localidad con nombre de farándula, entre La Bañeza y Astorga, en la que lo más señalado es su Virgen, paseada a hombros por los agricul­tores cuando la lluvia se resiste a caer en los pá­ramos leoneses. Una ruina folletinesca la trajo a los tres años a Vigo, y en concreto a la Casa de la Caridad. Vivía allí y estudiaba con beca en las Teresianas. Una doble vida, el up and down. Los huérfanos del mar que no tenían nada y las niñas de papá con pelas. Así hasta preu. Yo quería estudiar Derecho, pero no había posibles, así que con un dinero que hice me fui a Londres. Dos años después, cuando el padre de mi hijo se mató en un accidente, me fui a trabajar a la embajada de Kenia en París.

-¿…?

Es que la mujer del embajador, una sueca guapísima, era amiga nuestra. Él era negro co­mo un chamizo, muy cachondo; llevaba a merendar a la embajada a las girls del Lido… ahora está de ministro y por Navidad me manda siempre una botella de Dom Perignon.

El presidente keniano entonces era el mítico Jomo Kenyatta —un hombre guapísimo, con un magnetismo en la mirada...— y París era aquel del 68-69, pero Karina no había descubierto aún el aroma incitador al análisis político del café, y prefería la alegría burbujeante del champán. En el 68 me fui con la embajada a la Conferencia Islámica de Rabat. Me enrollé con el general Driss, que era el jefe de la armada marroquí, hasta que llegó el Ramadán, que no se puede comer ni hacer nada. Y me fui a América. Dejó la embajada —todavía estoy allí en excedencia— y se fue a Houston. Me lié con un tío de muchas pelas, de la Texaco. Estaba como una reina, con una casa en Galveston y él era muy buena gente, pero yo dije, lo mío es a terra nosa, y me vine. Él me mandó tres veces el billete para que volviera, y yo lo cambiaba por pelas. La vez siguiente, yo le dije Darling, the problem is money y él: se queres máis, ven por elas.

Texas no parece el sitio más adecuado para redescubrir las raíces, y efectivamente, no fue allí, sino en Barcelona, como le pasó a tantos. Era la época de Bocaccío, y una gallega con un poco de vísta allí se forraba. Yo era la que más éxito tenía porque nunca me llamaba Karina, ni Kalinka, ni nada: Maruxa o Carmina. Conocí a algún conde, a Oriol Regás, a los de cervezas Damm… Vivía en el hotel La Rotonda, y me ponía en pelotas a tomar el sol en la terraza, enfrente de un convento.¡Rezar por mí!, les gritaba. También me ponía a limpiar los zapatos moviendo las tetas frente al vecino de terraza, que era un suizo, el de la tinta Pelikan, que se ponia de todos los colores… Mientras el señor Pelikan descubría nuevas tonalidades en carne propia, Karina descubrió dos cosas: a ser trabajadora, a que la pela es la pela —incluso dice pela con acento catalán—y a amar a Galicia, viendo como ellos amaban a su tierra.

Karina Falagan, que en Rabat conoció, además del responsable último de las patrulleras que interceptan pesqueros, a un excelente cocinero italiano —un mariquita encantador, Piépolo— se lo quiso traer —al cocinero—a Vigo para montar una pizzería, pero alguien le dio uno de esos consejos que parecen obvios y resultan decisivos: en un año, con unas buenas chavalas, ganas más pasta que toda la vida vendiendo pasta. Ahí, en un local que tenían sus padres, nació el Lady Hamilton. La primera barra americana de Vigo, en todos los sentidos. Fue una época fabulosa, iban alcaldes, gobernadores —alguno llegó a mostrar públicamente, con toda plenitud y crudeza, la razón que lo guiaba allí— directores de bancos, ejecutivos… como lo más normal. El puente de Rande y El Corte Inglés se decidieron allí. El señor Ramilo fue muchas veces con los concejales, y García Picher, Joaquín, que era encantador… Ahora, con tanta libertad, los alcaldes son unos estrechos y unos reprimidos. Hacia el final de los 70, uno de aquellos alcaldes anchos, Portanet, le otorgó una concesión, la primera de las que harían de Samil lo que hoy se llama una playa urbana y de allí salió el Jonathan Livingstone Seagull, el no menos famoso Yónatan donde ahora sienta sus reales. Yo conocí al autor del libro, a Richard Bach, una vez que le dije al tejano que me iba a Acapulco y me fui a New Orleans al mardi gras Tuve un pequeño love story con él, un hombre fascinante…

Karina demuestra esa cierta querencia de arrabal por los caídos en desgracia. Incluso, que ya es decir, en la política. Ella fue una de las primeras y más activas militantes del PP en Vigo, bueno, de AP, y de ‘a pé’. No tengo yo andado para pedir el voto para don Manuel cuando no lo votaban ni en su casa, no como ahora, que es fácil. Busqué el voto de gente que él no se puede imaginar. A ningún líder le ha votado tanto mariquita como a Fraga, aunque parezca una contradicción. Reivindica a Mancha –me da una pena, el enano-… o disculpa a Barreiro –porque me molesta perder lo que vale, un tío como él, galleguista… yo creo que había más gente en el tinglado, pero él cargó con el mochuelo-… Es una mujer de marcadas preferencias –cuando tengamos la desgracia de no contar con don Manuel, a mí me encantaría que las riendas las tomasen Cuiña y Portomeñe… El perfume viene en frascos pequeños, aunque dicen que también el veneno...— e implacables enemistades, sobre todo con el ex-alca!de Soto, con quien sostuvo una enconada guerra. ¿El peperete ese? Un día lo vi pasar con un deportivo, vestido de carnaval, él, que llegó al ayuntamiento con un coche con la puerta atada con una cuerda. No le eché el jeep encima de milagro. Principe es otra cosa… Las 24 horas que estuvo en la cárcel por asestarle un puñetazo en la cara a Luis Candelas (un recaudador municipal) pasarán a la historia penitenciaria pontevedresa. Bajé del furgón con una pamela y una túnica fucsia, un gitano le dijo a un guardia civil: chacho, esta paya va de boda.

La veneración que siente por Fraga no le impide sin embargo tener la tentación de montarle un cristo, porque no me gusta para nada que no haya ninguna mujer en el gobierno. Y él sabe muy bien quien está capacitada, como también sabe quiénes son los berzas que están a su lado. Romay me dio la razón en el último congreso… en cambio, Pío me dijo: As mulleres, a berrar na casa. ¡Qué manía le cogí al Pío! Cuando ya era fraguista, su imagen entre las consortes de sus compañeros de partido de buena posición no mejoró por sus ideas, plasmadas en un conato de candidatura municipal llamado Galicia Unida Nunca Vencida, que recogía el ideario popular más el divorcio y el aborto. Era la época en que don Manuel pintaba o parvo atacando eso... En Samil, Karina Falagan es una sirena varada en un plácido ayer dorado que sacude a veces algún que otro golpe de mar cargado de hipocresía bienpensante. Yo no he ganado nada con el fraguismo. Al revés, las hostias que recibí no las hubiera llevado, ese rechazo por prejuicios sociales. Pero bueno, si es por el bien de Galicia, pues ¡al carallo!, como dice don Manuel.

 Almas gemelas

A mí, Fraga, al principio, no me conven­cía mucho, aunque le veía un magnetis­mo. Yo había votado al guapo de turno, pero me convenció cuando lo abandonó todo el mundo… A una Karina galegona y todo corazón le acabó de convencer don Manuel cuando, en su etapa tejana —de ella— coincidió en la campaña de Reagan en Miami —su amigo era amigo de Bush— con gente que conocía al líder vilalbés y le comentaban que en España no sabíamos lo que teníamos. Y fue a verle en directo en un mitin en Vigo. Aluciné.

—En algunas ocasiones le han adjudica­do una relación más que política…

Ya me encantaría, ya, tener relación con don Manuel, ir a pescar o cazar con él, pero lo que ha habido es gente con muy mal gusto que ha contado historias patateras, como Villanueva Cendón… eso de los sostenes… o la Rosa Mamélez esa —la diputada socialista Rosa Miguélez— que me llamó prostituta en el Parlamento, cuando dos colegas suyos tienen aquí una casa del tinglado. Todo eso es para meterse con don Manuel. Yo, como decía Marilyn Monroe, creo que el sexo es natural, y estoy de parte de la naturaleza.

—Esa misma cita nos la hizo Manuel Fraga…

¿De verdad? A ver si vamos a ser almas gemelas en algo más que en el amor a Galicia y vamos a terminar en un monte… Pero tiene que haber caballos y que se vea el mar.

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